La lengua secreta de… la impro deportiva · Manual

Limpieza conversacional

Vamos a contar lo máximo posible exponiendo lo mínimo posible. Lo mínimo es lo mínimo. Es decir, hay que evitar dar rodeos, titubeos, indecisiones y dudas injustificadas (no confundir con proponer un dilema), monólogos melodramáticos, verborrea, diálogos circulares, frases repitiendo lo que el público ya sabe, poner excusas, replicar de manera lógica, resistirse a aceptar las propuestas de los compañeros, soltar información irrelevante, liarse a dar explicaciones, hablar del porqué se ha llegado hasta ahí, hacer resúmenes de lo acontecido, ponerse a hablar de la historia del universo que acabamos de plantar... La lista es interminable.

No obstante, no es solo cosa del cine que la narración se haya simplificado. No es lo mismo leer a Cervantes que a Saramago. Simplemente los separan quinientos años y ahora un estilo es más popular que otro. Ambos son dos inmortales de la literatura con una profundidad inconmensurable, pero ahora tratamos de contar lo más posible con lo menos posible. Transmitir ideas profundas con lo mínimo es ahora una virtud, así que prescindimos de florituras y lenguaje artificioso y rebuscado. Por ejemplo, en un guion o una novela no se busca replicar una manera de hablar fidedigna que refleje el habla de la calle con sus pausas, titubeos y palabras malsonantes. Por cierto, a mucha gente le parece divertida la manera de hablar de «South Park» y las películas de Tarantino. Sin embargo, también forma parte de la limpieza conversacional pulir el lenguaje. Si no está justificado, los personajes no deberían hablar como si estuvieran en una película barriobajera de estilo kinki.

Hacer una obra con lenguaje malsonante, soez, escatológico o sexual era algo rompedor hace treinta años, y romper el conservadurismo de ciertas épocas era incluso revolucionario. Esto puede sorprender a los más jóvenes, pero cuando se estrenó «Los Simpson» sus personajes se consideraban irreverentes e inapropiados. Las sitcoms familiares con finales ñoños, felices y moralistas sobresaturaban las parrillas de la televisión durante los años ochenta y noventa. Llegaron «Los Simpson». Homer eructaba, Bart hacía bromas telefónicas con groseros juegos de palabras, Lisa respondía a los mayores porque era más inteligente y emocionalmente madura que ellos, los niños veían dibujos violentos... Cuando una generación entera se habituó a esto, apareció «South Park». Cuando la audiencia se habituó a «South Park», apareció «Padre de familia», y después de esto, la fórmula de ser políticamente incorrecto, sobre todo de manera superficial y gratuita, se agotó y dejó de tener gracia. El tiempo ha puesto a cada uno en su sitio y temporadas enteras de «South Park» y «Los Simpson» son obras maestras de la narrativa mientras que otros sucedáneos van cayendo en el olvido. «South Park» integra su lenguaje malsonante en un universo propio, con personajes bien definidos y tramas que se sustentan en una estructura particular llamada «therefore, but». Lejos de lo que pueda parecer, su crítica social y uso de la ironía está tan refinada que llevaría horas analizar cada capítulo. Igualmente, las primeras temporadas de «Los Simpson» tienen un lenguaje cinematográfico único y esconden mensajes que son golpes directos a la sociedad moralista que salía de una era conservadora. Los capítulos en los que Marge reivindicaba su propio espacio son motor de un conflicto innovador para unos dibujos animados, al menos en esa época, dado que era ama de casa, voz de la ausente conciencia de su marido. Para hacernos una idea de cómo estaba el tema por aquel entonces, hay un capítulo donde a Homer le resulta chocante, por decirlo suave, que Marge salga a divertirse con una amiga. La cuestión es que estas series no se sustentan en soltar una barrabasada, esperar a que el público se ría, y sin que nada esté hilado, soltar la siguiente sin que la historia vaya a ningún lado. «Rick y Morty» no se basa en los eructos de Rick, porque en su momento también tuvieron una función concreta. Eran el adorno que comunicaba a la audiencia su tono gamberro. Por eso, el público que se sentó a ver «Rick y Morty» era el mismo público que en su día le encantó «Futurama». El público que se sienta a ver tu show de impro de juegos del viernes a medianoche con una cerveza en la mano no es el mismo que va al teatro de postín el domingo por la tarde a ver el largo formato de «El banco». Con la audiencia adecuada, debemos mostrar la narración adecuada. De todas formas, sea la hora que sea, la mayoría del público va a repudiar lo escatológico, y siempre es preferible hacer una buena historia que nos llevará a bromas elaboradas a soltar supuestos chistes. Hay que tener en cuenta que por ejemplo el trailer y el capítulo piloto de «Rick y Morty», por lenguaje, estética y macarrismo, estaban destinados a un público concreto: uno que venía de «Los Simpson», «South Park», «Futurama», «Hora de aventuras» y «Bojack Horseman», y ya estaba preparado para reírse con, por ejemplo, el chiste construido por la subversión del rol de un abuelo que en vez de sobreprotegerlo, lo exponía a peligros cósmicos de manera gratuita. Morty tiene el rol de eterno sufridor, pero es cómico porque intenta mantener una dignidad que esconde una arrogancia que lo infantiliza, así que se enrabieta, y cuanto más se esfuerza por revertir la situación peor le sale todo, algunas veces incluso con una merecida justicia poética de por medio. Toda la serie sigue la estructura poco convencional que inventó su creador, llamada el círculo de Dan Harmon. Al final la serie tiene una cantidad descomunal de recursos narrativos y cómicos, personajes desarrollados con filosofías contrapuestas, una temática consistente, un universo reconocible..., y sí, su personaje principal eructa, pero según nos adentramos en la serie descubrimos por qué. Tiene un problema con la bebida y en el fondo vive atormentado, así que al menos hay una justificación. En muchas improvisaciones cortas se ve mucho lenguaje malsonante, chistes gratuitos subidos de tono, escatológicos e injustificados u ofensivos. No es ni siquiera humor negro, porque .

Y es que hoy día, en impro, el público se sigue riendo de los chistes sexuales, los escatológicos, cierto tipo de violencia, drogas y hasta humillaciones gratuitas a otros personajes. Muchos improvisadores solo esperan su turno para insertar chiste tras chiste sin que estén integrados con lo que está pasando en la historia o sin preocuparse de si la historia está ya encauzada. El público se ríe con cualquiera de estas gracietas, así que reforzados por las carcajadas, algunas compañías encadenan broma tras broma, si la encuentran, hasta que se agota el tiempo que debe durar una impro sin que los personajes apenas hayan llegado a ninguna parte. El problema no es solo la repetición de las mismas bromas fáciles y simplonas una y otra vez en los shows de juegos de los fines de semana; es el dejar la historia languidecer en el vacío después del chiste, perder el ritmo, delegar en el compañero el avanzar, integrar, recapitular, reestructurar y poner orden en el caos, sobre todo cuando se agota una escena. Hay una diferencia entre rematar una gracia relacionada con un elemento de la historia que se ha plantado con anterioridad, siguiendo el hilo argumental de la trama, a meter con calzador los mismos comentarios sexuales una y otra vez. La comedia puede y debe existir en un espectáculo de comedia. Existen múltiples recursos modernos de comedia de sitcom, guion, visual, física y stand up que podemos utilizar, pero la magia de la impro y lo que la distingue como medio es, entre otras muchas cosas, construir su propia forma de hacer comedia.

A veces la impro es tan efectiva construyendo la historia cómica que toda la historia es un chiste en sí mismo y, además de una broma, es una reflexión o una denuncia social velada. Dos improvisadoras dicen ser coleccionistas de sellos que trabajan para el servicio postal. Nadie envía ya cartas, pero como saben que a todo el mundo le encanta enviar mensajes de texto con el móvil, deciden transformar el negocio. Ahora el servicio postal hará campaña para que la gente envíe, en vez de cartas, móviles con mensajes escritos con un punzón sobre la pantalla negra, por supuesto con su sello correspondiente. En impro, jugamos siempre a la contra de lo esperado, así que la campaña tendrá un éxito demoledor. El argumento de esta impro es simple, implica actividad como motor del conflicto principal y está dirigida a un objetivo claro. Además, es una reflexión velada cargada de nostalgia e ironía. Los que hemos vivido el enviar cartas a los amigos de adolescencia sabemos especialmente que no se siente ni remotamente parecido a enviar un mensaje de texto por el móvil, aunque, de alguna manera, técnicamente sea lo mismo. El chiste reside en esta ironía, materializada en que las improvisadoras sacan entusiasmadas la conclusión obviamente errónea de que a la gente le va a encantar la nueva idea porque a la gente le encantan los móviles. El espectador ve de inmediato y sin que nadie se lo explique un reflejo de nuestra realidad, y todo gracias a ese espejo pulido por el universo absurdo que la impro planta con tanta facilidad. Además, en la inmensa mayoría de los casos estas lecturas surgen a posteriori, y son encuentros fortuitos, aunque orientados, eso sí, por la experiencia y técnica del improvisador.

Una compañía no debería encasillar a sus actores y tener asignados tácitamente diferentes roles, al menos en este formato tan libre. Decir que uno es el que hace los chistes mientras otro es el que se encarga de la historia no es trabajar en equipo y además limita al elenco. Atribuye etiquetas y se corre el riesgo de caer en el efecto pigmalión, que consiste en que las expectativas creadas afectan al rendimiento. Con un adecuado método de enseñanza todo el mundo puede ejecutar cualquiera de estos supuestos roles. No hace falta tener ningún tipo de talento especial. Es una cuestión de conocer las técnicas adecuadas, interiorizarlas y que se puedan poner en práctica encima de un escenario hasta que sea algo tan habitual como montar en bicicleta. Incluso esta limpieza y esta economía narrativa se terminan interiorizando, exactamente igual que después de años de aprendizaje hubo un día en el que todos nosotros terminamos de aprender a escribir de una manera u otra dependiendo del contexto. No es lo mismo escribir un mensaje de texto que una carta. Sencillez, claridad, ritmo, temática unidireccional y lenguaje asequible son estándares para unos buenos diálogos, pero aún deberíamos añadir que debemos...

En la wiki hay una definición breve de este concepto: Limpieza conversacional.