Arma de Chéjov
Una de las coleccionistas de sellos ha traído consigo su álbum. Al principio no aporta otra cosa que la acción inicial para la presentación de su personaje: lo está hojeando mientras recoloca algunos sellos. No obstante, según transcurre la impro, sigue con el álbum en la mano, pero público e improvisadoras se han olvidado del mismo y ya no le dan mayor importancia. Es cuando avanzada la impro que las improvisadoras se dan cuenta de que no tienen papel para escribir la carta y a una de ellas se le ocurre usar una de las hojas del álbum. Eso es un arma de Chéjov, un elemento que se ha plantado y luego recogido. Además, el postulado sería que todo elemento presentado de forma destacada en una obra debería ser un arma de Chéjov (a no ser que sea una pista falsa), porque todo elemento, si lo hemos señalado destacadamente, debe tener relevancia y significado. Al final, todo elemento debería contar, porque de lo contrario, para qué hemos perdido tiempo y hemos distraído al público con algo que luego no vamos a usar. Sobre todo cuando damos mucha importancia a algo que luego no utilizamos para nada, el público se siente decepcionado, porque le hemos prometido algo que no hemos cumplido.
El científico de «Los cazafantasmas» comenta al resto que no deben cruzar los rayos con los que atrapan a los fantasmas bajo ningún concepto porque desataría energía suficiente como para destruir la ciudad de Nueva York. Por eso, cuando se enfrentan a un enemigo más poderoso, una deidad ancestral, y de pronto dice que el remedio es justo ese, el espectador se agarra a la silla. En «Cowboy de medianoche», el protagonista se pasa gran parte del metraje sacándole brillo a sus botas, hablando de ellas y de la imagen que proyectan. Cuando las tira a la basura sabemos que no solo se está desprendiendo de la imagen que quería transmitir de machote de rodeo, sino también de su anhelo de triunfar en la gran ciudad. Las botas eran un símbolo, pero solo lo descubrimos al final, cuando el guionista dispara el arma de Chéjov que ha estado cargando. El póster de la celda de «Cadena perpetua», el cuerpo al lado de los protagonistas en «Saw», la agorafobia en «Copycat», las gafas con las que Tom Cruise desenmascara a Jon Voight en «Mision Imposible», los finales de «El sexto sentido» y «Los otros» o el cuadro de la gran escalera en «Rebecca» son armas de Chéjov. Están ahí a lo largo de toda la historia, o bien fueron presentadas y aparentemente olvidadas hasta que se recuperaron para ser ejecutadas. El arma de Chéjov puede aparecer como herramienta para aplicar técnicas narrativas como giros de guion, resolución de conflicto, revelaciones... Cuando un elemento reaparece como punto de resolución del clímax es especialmente satisfactorio.
En impro tiene más valor recuperar algo que otro ha plantado y darle significado narrativo que plantar algo nuevo sin aprovechar lo que ya se tiene. Deberíamos intentar que todo sirva a un propósito. Una improvisadora realiza su primera intervención y marca que su personaje colecciona sellos. No dejemos que esto sea un mero adorno que caiga en el olvido. Si una compañera ha marcado eso, démosle nosotros una importancia mayúscula y hagamos de esta anécdota la piedra angular de nuestra impro. Conectemos esta primera aportación con el lugar, la relación, los objetos y las acciones de los personajes. Construyamos un ecosistema a partir de una idea sencilla y expandámosla hasta que lo grotesco no dé más de sí y nos obligue a abrir nuevas rutas.
No tenemos más que pensar en todos y cada uno de los universos narrativos que han tenido mayor calado ultimamente. Por un lado todo parece un mosaico premeditado de elementos encajados a la perfección. Sin embargo, la paradoja radica en que a pesar de tener una guía narrativa general, casi ningún autor moderno piensa previamente absolutamente todo lo que va a pasar en su obra. Necesitan una base, y a partir de ahí, desarrollan. Los improvisadores actuamos igual. Según avanza la escena podemos ir barajando posibilidades. De nuevo, con técnica, práctica y experiencia podemos ir atisbando muchos caminos posibles para nuestros personajes.
La creatividad y la originalidad no brotan de la nada, tienen una técnica, por eso los grandes autores son también improvisadores. Un creador va plantando semillas y las hace crecer. Mezcla ideas y transforma otras que había visto antes en alguna parte. Podemos pensar que los autores de texto escrito juegan con ventaja, pero por ejemplo George R. R. Martin (y no es el único) escribe las historias del universo de «Canción de hielo y fuego» sin hacer una planificación previa. Dice que hacer un esquema narrativo le aburre, así que la obra de George R. R. Martin avanza según se escribe. Cuando la narración empieza a cobrar vida, la mayoría de los autores descubren la personalidad real de sus personajes, que no brota de una ficha psicología previa, sino de enfrentarlos a situaciones insólitas y observar cómo reaccionan. George R. R. Martin no nos dice que Ned Stark cree en el honor, nos pone en una situación en la que se juega el cuello por ello. En «Buscando a Nemo» no hay un personaje que nos diga que Marvin es sobreprotector. La primera escena es el origen y el porqué de la sobreprotección, y la segunda nos muestra al personaje siéndolo. En narrativa y por tanto en impro hay que seguir la máxima del...
En la wiki hay una definición breve de este concepto: Arma de Chéjov.