Aceptar
Si un compañero comienza la escena diciendo que es un peluquero y que las ranas tienen pelo, las ranas tienen pelo, y el público va a asentar eso como un postulado de la realidad de la escena. El siguiente improvisador que salga a escena puede ser una rana que quiera ser su cliente. Así es como el mundo ficticio se va creando, aceptando lo que dicen y hacen los compañeros que han pisado la escena antes que nosotros.
La aceptación no es un recurso del que se hable mucho en otros medios, pero no es un término exclusivo del teatro de improvisación. Como actores, cuando tenemos un texto prefijado, no es necesario tomar conciencia de que es más provechoso aceptar el universo que se nos presenta que tratar de imponer el nuestro o cuestionarlo continuamente bloqueando el transcurrir de la historia. En impro, sin embargo, como dramaturgos, tenemos que conocer las pautas de escritura por las que unas obras nos encantan y otras son insufribles. No es estrictamente necesario saber lo que es una peripetia, anagnórisis, sobreexposición, promesa incumplida..., pero cuantos más recursos narrativos conozcamos y compartamos con el elenco, mejor. La aceptación es uno de ellos, fundamental en nuestra disciplina.
Si nos detenemos a observar por un segundo cada libro, película, serie, sketch de comedia y obra de teatro que hayamos visto, descubriremos que en un diálogo los personajes casi nunca se contradicen o se corrigen entre ellos en cuanto a quiénes son o cómo funciona el mundo. No importa lo fantasioso que suene, en general uno habla y el otro escucha, acepta y añade algo más sobre lo ya dicho. No tiene por qué ser algo extraordinario. Si un improvisador entra, llama doctora a otra improvisadora y le comenta que tiene una lesión en el tobillo, el público y el resto de improvisadores asumen que la relación es la de médica y paciente. En principio, al igual que el resto de medios narrativos, nadie debería ponerlo en duda. Se acepta esa pieza del universo y se procede a poner la siguiente.
Otro ejemplo claro lo tenemos en el caso de la fantasía y ciencia ficción, donde hay que transmitir al público cuál es la premisa principal del mundo fantástico que ellos desconocen y que nosotros estamos creando. Por ejemplo, en todos los universos de fantasía en los que hay humanos conviviendo con animales antropomorfos nadie se sorprende de que estos hablen, conduzcan y tengan trabajos cotidianos, y sin embargo, lo entendemos a la primera. En «¿Quién engañó a Roger Rabbit?» no se da mayor explicación, se presenta su mundo tal cual es: un universo en el que simplemente los humanos conviven con dibujos animados. El espectador entra de lleno porque nunca se rompe ni pone en duda esta realidad. De hecho ni siquiera se explica de manera explícita (extradiegética), sino que se muestra de manera orgánica con las conversaciones y los quehaceres cotidianos de los personajes (diegética). «¿Quién engañó a Roger Rabbit?» levanta el pilar fundamental de la inmersión narrativa, que es la suspensión de la realidad, y lo hace de una manera natural, simplemente mostrando a sus personajes en un día cualquiera durante la introducción (rodando una escena en la que en el plató hay dibujos animados y humanos por igual). El público queda tan embobado con la realidad mágica que se le muestra que su cerebro crítico se desconecta y vuelve a disfrutar de la fantasía como si fuera un niño. Hoy en día en cualquier historia de fantasía hay dragones o en la ciencia ficción hay androides y eso no saca al público de la trama.
Sin embargo, en el momento en el que no le seguimos el juego al compañero el público lo adolece. Cuando no seguimos a nuestros compañeros, impedimos la construcción de la historia, y si no hay historia, no hay impro. Si «Los cazafantasmas» fuera una impro y ante el encuentro con el primer espectro, en vez de establecer y aceptar la relación propuesta (cazador y cazado), un improvisador hubiera atravesado la aparición y dicho «vaya, pero si es un truco de la bibliotecaria con una máquina de humo, un proyector y una linterna», simplemente no hubiera habido película, porque el improvisador no estaría aceptando la propuesta del resto de sus compañeros de que viven en un mundo en el que los fantasmas existen, sino rompiendo el juego y las expectativas instauradas en el público para plantar una nueva situación mundana y aburrida en la que la bibliotecaria quiere engañarlos. Esta es la otra cara de la moneda de la aceptación, y uno de los grandes entorpecimientos en la creación de una historia satisfactoria, la...
En la wiki hay una definición breve de este concepto: Aceptar.